Las piezas de arte huichol se trata de obras que siembran interrogantes vitales al hombre de hoy, indígena o no. Son piezas que roban el aliento, desarticulan los prejuicios y dislocan muchas de nuestras concepciones más fijas. Así, ponen en marcha la maquinaria del arte en uno de sus más nobles objetivos, que curiosamente es el que los huicholes ponen en primer plano: el de crear un mundo nuevo a partir de la revelación estética.

Y en el arte contemporáneo huichol existen varios protagonistas que han sabido tomar el reto de producir obras que impliquen un compromiso vital y, sin duda, José Benítez Sánchez es uno de ellos. En el número dedicado al arte huichol, el filósofo Juan Negrín revela los detalles del descubrimiento plástico que el artista emprendió.

«Nació en 1938 en un rancho llamado San Pablito, en la sierra huichola de Nayarit. Él emprendió una carrera de chamán en su niñez, a raíz de haber cazado un venado con una trampa de lazo. Recibió entonces el nombre de Yucaye Kukame, “Caminante Silencioso”. Pero su carrera se interrumpió antes de tiempo: a los catorce años salió atraído por el mundo forastero de la costa. Restableció sus lazos religiosos después de un viaje patrocinado por el profesor Miguel Palafox Vargas al desierto sagrado del oriente. En 1971 fuimos a Te’akata, el centro ceremonial ubicado en la sierra, donde lo iniciarían de joven. […] En el año 2000, Benítez me informó que había logrado ser mara’akame. Ayudó a formar el centro ceremonial de Zitakɨa, en las afueras de Tepic. Tres años después fue reconocido con el Premio Nacional de Ciencias y Artes.»